Cuando comienza un Mundial de fútbol, no salen al campo únicamente dos selecciones. Salen dos países. O, al menos, la idea que millones de personas tienen de ellos.

No vemos solo a once futbolistas vestidos con los mismos colores. Vemos a Brasil, Argentina, Japón, Alemania, Marruecos o España. Y junto a cada selección aparecen una serie de atributos que, de manera consciente o inconsciente, atribuimos también al país que representa.

De Brasil esperamos creatividad. De Argentina, intensidad. De Alemania, orden y precisión. De Japón, disciplina y respeto. No significa que esos países sean realmente así, ni mucho menos que todos sus ciudadanos compartan esas cualidades. Significa que hemos construido una percepción sobre ellos y que interpretamos lo que sucede en el campo a través de ella.

Antes de que empiece el partido, la marca ya está jugando.
Esta es una de las demostraciones más claras del poder de una marca. No solo se construye a partir de lo que hacemos. También condiciona la manera en la que los demás interpretan lo que hacemos. Una jugada improvisada de Brasil puede confirmar su creatividad. Una remontada de Argentina puede reforzar la idea de carácter. Un vestuario impecable después de un partido puede convertirse en una nueva prueba del civismo japonés.

Probablemente, si esas mismas cosas las hiciera otra selección, las interpretaríamos de otra manera. Porque no observamos los comportamientos desde cero. Los relacionamos con una historia, una cultura y una reputación previas.

Por eso el Mundial es mucho más que una competición deportiva. También es uno de los mayores escaparates de marca país del mundo.

Durante unas semanas, millones de personas forman o refuerzan una opinión sobre un país a través de un grupo muy reducido de personas. No analizan su economía, sus instituciones, sus empresas, su cultura o la complejidad de su sociedad. Ven cómo compite su selección, cómo gana, cómo pierde, cómo protesta, cómo celebra y cómo trata al rival.

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Cuando el comportamiento representa más que el discurso

Es una simplificación enorme. Probablemente también injusta. Pero así funciona muchas veces la percepción.

Un país puede invertir millones en campañas turísticas, diplomacia pública o promoción internacional. Puede elaborar cuidadosamente un relato sobre su carácter, su forma de vida y sus valores. Sin embargo, un gesto de deportividad, una celebración arrogante, una protesta fuera de lugar o una derrota mal gestionada pueden viajar por el mundo en cuestión de minutos y tener más impacto que muchas de esas campañas.

Porque en una campaña vemos lo que un país quiere decir de sí mismo. En un partido vemos cómo se comportan quienes lo representan cuando están sometidos a presión.

Y el comportamiento siempre resulta más creíble que el discurso.

Esta influencia no se limita al fútbol. Hay deportistas, equipos, artistas y figuras públicas que dejan de representarse únicamente a sí mismos y terminan encarnando una determinada idea de su país.

Rafa Nadal es un ejemplo evidente. Su forma de competir, su resistencia, su humildad y su manera de afrontar la victoria y la derrota han proyectado durante años una imagen que muchas personas han asociado también a España.

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No porque Nadal represente toda la realidad española, sino porque ha conseguido convertir unas cualidades personales en un relato colectivo.

Algo parecido sucede con Carlos Alcaraz. Su energía, su espontaneidad y su capacidad para competir sin perder cierta alegría conectan fácilmente con una idea reconocible de lo español. En una conversación con Djokovic, después de que éste ganara contra el español, dijo literalmente “man, you never give up” (tío, nunca te das por vencido). La respuesta de Alcaraz provocó las risas del público: “claro que no, soy español”. Más allá de la literalidad de la anécdota, lo interesante es el mecanismo. Una persona vincula su manera de comportarse con una identidad colectiva y, al hacerlo, refuerza la asociación entre ambas.

Los All Blacks ofrecen un caso todavía más completo. No son solo una selección de rugby extraordinariamente competitiva. Se han convertido en uno de los símbolos internacionales más reconocibles de Nueva Zelanda. Su manera de entender el equipo, la disciplina, el respeto por el rival y la conexión con la cultura maorí, expresada de forma muy visible a través de la haka, proyectan una imagen del país mucho más poderosa que cualquier eslogan turístico. Para los propios All Blacks, la haka representa una conexión con la cultura, la tierra y el propósito compartido del equipo.

Lo mismo puede ocurrir con un cantante, un actor, un director de cine o un escritor. Hay personas cuya notoriedad internacional es tan grande que, para una parte del mundo, se convierten en una de las principales referencias de su lugar de origen. Sus valores, su comportamiento y sus polémicas pueden beneficiar o perjudicar la reputación del país al que se les asocia.

Embajadores sin nombramiento, reputaciones sin control

No porque deban asumir formalmente esa responsabilidad, sino porque la percepción no pide permiso.

Este es uno de los aspectos más interesantes de la marca país: algunos de sus embajadores más influyentes nunca han participado en la definición de su estrategia. No han leído ningún documento de posicionamiento. No han recibido indicaciones sobre los atributos que deberían transmitir. Ni siquiera han sido elegidos por una institución.

Simplemente, representan al país delante de millones de personas.

Durante el Mundial, esto también afecta a quienes no juegan. Una selección no comunica sola. Comunican su entrenador, su federación, sus medios de comunicación y, por supuesto, su afición. Los cánticos, la convivencia, la manera de ocupar las calles, el trato hacia otras aficiones y la reacción ante la victoria o la derrota forman parte de la experiencia.

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    Para quien lo observa desde fuera, todos esos elementos terminan integrándose en una misma impresión. No siempre distinguimos entre el comportamiento de unos aficionados y el carácter de todo un país. Generalizamos, asociamos y simplificamos. Y esa percepción, justa o injusta, acaba formando parte de su reputación.

    Aquí aparece un aprendizaje que va mucho más allá del deporte y de las marcas país.

    Las organizaciones también creen, a menudo, que su marca se construye desde el departamento de marketing. Piensan que pueden definirla mediante una estrategia, expresarla con una identidad y controlarla a través de una comunicación bien diseñada.

    Todo eso es importante. Pero no es suficiente.Porque la marca también la construye las personas.

    La marca se juega en cada comportamiento

    La marca también la construye la persona que atiende una llamada, el comercial que hace una promesa, el directivo que responde a una crisis, el empleado que habla de su empresa o el cliente que cuenta su experiencia. Todos ellos salen al campo en nombre de la organización. Y cada uno puede confirmar o contradecir aquello que la marca dice ser.
    Por eso una marca no se demuestra solo cuando controla el mensaje. Se demuestra cuando actúan las personas que la representan.

    Un país puede invertir millones en explicar al mundo quién es. Pero durante un Mundial quizá sean once jugadores, un entrenador y miles de aficionados quienes terminen dando la respuesta.

    No porque representen toda la complejidad de una nación. Nadie podría hacerlo. Sino porque, durante unas semanas, se convierten en su expresión más visible.

    Cuando comienza el partido, no sale al campo una campaña. Sale una forma de competir, de convivir, de celebrar y de perder.Sale la marca país.

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    Juan Antonio Carcelén

    CEO en Behind
    Consultor especialista en branding estratégico.

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